En mi último viaje a Nairobi fui bendecida, por la gracia del overbooking aéreo, con una subida de categoría a business class, que es la primera clase de toda la vida pero como les da reparo lo de clasificar públicamente a las personas como de primera o de segunda, ahora lo llaman business class o gold, o silver, que no es lo mismo, pero es igual. La cuestión es utilizar cualquier eufemismo que no resulte muy sonrojante.
Y ahí estaba yo, en la primera línea, como un aturdido Paco Martínez Soria en la gran ciudad, accediendo al avión por un pasillo particular llegando a un asiento tuneado como la cabina de una nave espacial. Todo nuevo y abrumador. Dando grandes señales de no pertenecer a esa clase junto a otras dos desconocidas pasajeras, igualmente bendecidas, haciendo un gran alarde de nuestra condición, fotos, vídeos y “selfies” para mandar mensajes de forma compulsiva a todo el entorno cercano. Había que contarlo.
Una muy servicial y sonriente tripulante de cabina me daba la bienvenida presentándose como mi asistente personal y ofreciéndome un variado repertorio de bebidas de bienvenida. Así que me pedí lo habitual, ¿quién no desayuna con champán rosado?
Pasados los primeros minutos de excitación, riéndome en compañía virtual de mis personas amigas, comencé a observar despacio. Estaba en una burbuja desconocida de la que podía aprender cómo se construyen y perpetúan las diferencias de clase.
¿Cómo se construyen las luchas de clases?
Primero hay que crear un entorno protector, delimitado por el cierre de las cortinas que marca una frontera para que nadie que no pertenezca a esta clase exclusiva pueda ver lo que sucede y, sobre todo, para que no se acceda a este lugar sin permiso, es decir, sin mucho dinero.
Segundo, ofrecer una versión mejorada de la vida en este micro mundo que representa la realidad de la Tierra que sobrevolamos. Es la misma liturgia de cualquier vuelo pero con pequeños grandes cambios para hacerte sentir que sí, que eres de primera, que todo es mejor porque tú también lo eres y te lo mereces. El espacio que ocupas es más confortable y puedes elegir reclinar tu asiento hasta convertirlo en cama sin molestar, y sobre todo, sin ser molestada. Puedes elegir tu comida de un menú elaborado por un chef, nada de un catering de masas. Poder elegir, el mayor de los privilegios. Un mantel púlcramente planchado, sobre una gran bandeja desplegable y servilleta de tela que tu asistente coloca con cuidado en tu regazo. Los auriculares grandes para aislarte del ruido y disfrutar de una película elegida en una más amplia pantalla de televisión. Un rincón estantería donde puedes colocar todas tus cosas personales para que siempre estén a tu alcance sin esfuerzo. Se trata de tomar posesión de tu espacio de la forma más cómoda posible.
Tercero, que todo resulte normal. Al bajar del avión, las primeras, por supuesto, accedemos a un autobús que nos llevará a la terminal y sólo será para las personas bussiness. Nada de mezclarse con los pasajeros de segunda que ya esperan en las escaleras y que observan como se cierran las puertas de nuestro medio vacío autobús. A ellas les llegará otro que no arrancará hasta que esté bien lleno y las personas estén bien apretadas. Todo muy normal, hay que aprovechar el espacio y el viaje.
En primera bussiness gold, todo es fácil, moverse, desplegarse, elegir. Te hacen sentir especial, que estás muy por encima de las demás, y eso está bien, es normal. Está a la vista de todos y todas, y aquí no ha pasado nada.
Qué fácil es entender la lucha de clases, en business class sólo caben unos pocos, si alguien quisiera entrar, otra se quedaría sin su espacio de privilegio asumido como propio. Y eso no puede ser. Y qué fácil, también, es ganar a veces, basta una fina cortina, que abre y cierra de forma muy disciplinada y sonriente un asistente, para que todas las personas asumamos esa separación. ¿Batalla ganada?
Yo también quiero
Yo quisiera vivir de forma permanente en primera clase, ¿qué dice eso de mí? ¿Se pueden mirar las estrecheces del mundo viviendo en las burbujas de primera clase?, ¿se quiere realmente ver esa otra realidad? ¿Cuántas personas viven atribuyendo como normales sus privilegios? ¿Cuántas asumiendo la estrechez como una fatalidad? ¿Es esa normalización global la que perpetúa las injusticias?
Muchas preguntas con respuestas manidas que no me ayudarán a entender. Una certeza, nadie elige vivir en la parte trasera del mundo, ni se elige estar ni permanecer, aunque se coma lo que toque, pidas permiso para moverte, no puedas tumbarte a descansar cuando te apetezca y no te quejes . Y no, no por ser asumido por la mayoría, es normal. Salgamos del colapso, ampliemos hasta el infinito la zona de business class en donde todas podamos vivir de forma confortable desplegando nuestros cuerpos en libertad de elección y movimiento. Y a poder ser sin que la Tierra pague el precio.
Si se puede desayunar champán se puede soñar con sus burbujitas.
